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La tragedia de Haití: entre la catástrofe del terremoto y la calamidad del saqueo imperialista

Raúl Arroyave A., Director Dpto. Relaciones Internacionales de a CUT, Bogotá, febrero 8 de 2010

I

Haití, ocupa la parte occidental de la Isla la Española, el primer territorio donde Colón a nombre de la Corona fundó los primeros asentamientos coloniales. A finales del siglo XVII, el territorio haitiano paso a ser posesión de los franceses quienes la convirtieron en la más rica colonia de las Antillas. Sobre la base del trabajo esclavo los franceses establecieron allí una sociedad sustentada en el racismo encabezada por los grandes blancos, pequeños blancos, mulatos, clasificados en 32 grados de acuerdo a la presencia de sangre blanca en su descendencia, negros libres y esclavos.

La revolución de independencia en Haití comenzó simultáneamente con el estallido de la revolución francesa de 1789. Al vaivén de las sucesivas fases de la gran revolución, las diversas clases de Haití se fueron moviendo hacia posiciones moderadas o radicales. El punto de quiebre de esta contradicción lo constituyó la abolición de la esclavitud. Esta fue decretada por la Convención Jacobina en el mes de febrero de 1794. Se buscaba con ello la incorporación a la lucha revolucionaria de los esclavos libertos pues sus dueños, los colonos blancos, se habían alineado en el movimiento contrarrevolucionario que buscaba la restauración de la monarquía y el orden feudal. La abolición de la esclavitud alentó el surgimiento de los jacobinos negros, que desde la isla libraron resuelta lucha para impedir que esta medida fuera reversada.

El principal dirigente haitiano en este período fue Toussaint Louverture quien murió en Francia en 1803, después de ser engañado y hecho prisionero por Leclerc, general del ejército napoleónico enviado al frente de 24.000 tropas para someter a los negros sublevados y hacer cumplir la restauración de la esclavitud en la isla que había sido decretada por Napoleón en 1802. Los intentos fueron vanos, los esclavos en rebelión resultaron triunfantes y a pesar de la muerte de Louverture, otros generales asumieron la dirección de la resistencia hasta que lo 1º de enero de 1804, se proclamó la independencia de Haití bajo el mando del ex-esclavo Jean Jaques Dessalines.

Soldados haitianos participaron en las batallas de independencia de Estados Unidos entre 1776 y 1783, enrolados en las tropas francesas del marqués de Lafayette y nunca debe olvidarse que Haití fue la segunda nación independiente en América, después de los Estados Unidos. Esta independencia fue lograda después de vencer a tropas de élite del ejército napoleónico, por entonces el mejor del mundo y convirtió a esta pequeña nación de 27.000 km2 en bastión fundamental para la revolución en las colonias españolas en Suramérica. Sin la ayuda de Haití hubiera sido imposible la independencia de las naciones bolivarianas. Fue la libre Haití de Alexandre Pétion quien acogió a Simón Bolívar luego de sendas derrotas sucesivas y fue desde allí donde organizaron y financiaron las dos “Expediciones de los Cayos” en 1816 que a la postre permitieron a Bolívar su asentamiento definitivo en tierra venezolana, la unificación del mando patriota y la ejecución de una triunfante campaña militar que lo llevaría, en menos de siete años, de las llanuras de Angostura en la desembocadura del Orinoco a las laderas del Potosí en la actual Bolivia, dando nacimiento con su espada a las repúblicas de la Comunidad Andina de Naciones.

II

Haití se considera la primera república negra del mundo y una de las pocas rebeliones de esclavos culminada con éxito. Por esta misma razón, a las potencias esclavistas no les hacía ninguna gracia su existencia. En realidad, fue la primera nación sometida a inclemente bloqueo diplomático, comercial y financiero. Nadie le compraba, nadie le vendía, nadie la reconocía. Haití sufre un largo período de aislamiento internacional promovido, fundamentalmente, por las potencias europeas y los Estados Unidos que no admitían la existencia de una nación gobernada por ex-esclavos lo que implicaba una amenaza para sus propios sistemas esclavistas.

La promesa de abolir la esclavitud hecha por Bolívar a Pétion a cambio de su ayuda fue incumplida. A lo máximo que se llegó fue a la libertad de vientres aprobada en la Constitución de Cúcuta de 1821 y hubo que esperar hasta las reformas de José Hilario López a mediados del siglo XIX para que la esclavitud fuera abolida. Inglaterra resolvió abolir la esclavitud hacia 1830. Hasta 1826 Francia reconoció la independencia de Haití, imponiéndole a cambio el pago de una indemnización por 250 millones de francos-oro, una deuda impagable que comprometía el 90% de su presupuesto y que sólo vino a saldarse hacia 1947. Inglaterra reconoció la independencia de Haití algunos años después y Estados Unidos solamente lo hizo durante el gobierno de Abraham Lincoln, luego de ser abolida la esclavitud y en plena guerra de secesión. Solamente hasta 1870, Venezuela acreditó un diplomático. Esta situación de bloqueo implacable por las grandes potencias y el pago de la onerosa indemnización explican el atraso y la pobreza de Haití.

Haití fue siempre pieza clave en la contienda entre las potencias por su posición estratégica en el Caribe. En los repartos de las zonas de influencia de principios del siglo XX, Haití entró a formar parte del patio trasero de Estados Unidos. En 1915, mientras las demás potencias imperialistas estaban enzarzadas en la primera guerra mundial, los Estados Unidos invadieron Haití permaneciendo allí hasta 1934, cuatro lustros de pesadilla, en los cuales funcionarios norteamericanos asumieron el control de las aduanas para cobrarse la deuda del Citybank que a su vez había comprado la impagable deuda de los franceses. Los gringos sólo abandonaron el país cuando garantizaron la sucesión de un régimen político bajo su dominio y cuando lograron una reforma a la Constitución Política que permitía la venta de propiedades territoriales y plantaciones a las compañías extranjeras.

Una alianza tejida entre la oligarquía haitiana, la iglesia católica empecinada en desterrar las ancestrales creencias animistas del Vudú y los sucesivos gobiernos norteamericanos, conformó siniestra tenaza que se abatió sobre Haití como una maldición. Haití fue devastado ecológicamente. Sus bosques nativos fueron abatidos por compañías norteamericanas en inclemente explotación forestal, primero para apoderarse de sus preciosas maderas y luego para imponer las grandes plantaciones y la siembra del caucho, todo bajo un régimen de violencia que desplazó a millones de campesinos e impuso dictaduras violentas que hicieron del asesinato en masa y la desaparición de opositores su método predilecto de gobierno. Sobresalen por su duración y sevicia los treinta años en que gobernaron los Duvalier, padre e hijo, Francois y Jean Claude, entre 1957 y 1986. Plutocráticos, corruptos y anticomunistas que asolaron a Haití con sus escuadrones paramilitares conocidos como Tonton Macoute.

III

A las sucesivas dictaduras posduvalieristas siguió la elección de Jean Bertrand Aristide, el primer presidente elegido democráticamente para el período 1990-1994, sin embargo, fue derrocado por los militares y luego restituido para finalizar su mandato, todo con la aquiescencia de los Estados Unidos. Postulado y elegido para un segundo mandato entre 2001 y 2004, Aristide que se había formado ideológicamente en la teología de la liberación, razón de su expulsión de la comunidad salesiana, comenzó a dar pruebas de independencia al restablecer las relaciones con Cuba y realizar acercamientos hacia las políticas de Hugo Chávez, granjeándose de esta manera el odio de los norteamericanos.

La reacción de la CIA no se hizo esperar. En alianza con la extrema derecha y la vieja guardia duvalierista, a la antigua usanza, financiaron y alentaron a grupos violentos que armaron el caos en todo Haití. Su aparato de propaganda hizo ver estas manifestaciones violentas como descontento de las masas con el gobierno de Aristide al que tildaban de corrupto y narcotraficante, razones suficientes para la intervención de los marines, que de esta manera evitaban una supuesta guerra civil. Prevalidos de estos hechos, tropas norteamericanas invadieron Haití en febrero de 2004, y derrocaron a Aristide, haciéndolo prisionero y deportándolo con su familia a la República Centroafricana. Algo parecido harían cinco años después en el reciente golpe de Estado que derrocó a Manuel Zelaya en Honduras en junio de 2009 y en el cual los Estados Unidos tuvieron protagonismo similar. Luego dijeron, para culminar la maniobra, que Aristide había renunciado y partido voluntariamente al exterior, lo que éste desmintió contundentemente denunciando a quien quisiera oírlo que fue secuestrado por tropas gringas, derrocado del poder y enviado al exilio africano.

Desde entonces hasta el reciente terremoto, Haití ha permanecido bajo ocupación de fuerzas de las Naciones Unidas. La ONU se ha convertido de hecho en la celestina del imperialismo. A pesar de ello, hoy sus soldados son nuevamente desplazados por las tropas del Pentágono que ha resuelto consolidar en Haití la base que le faltaba para estrechar su cerco contra Cuba, Venezuela y Brasil, y coronar el objetivo estratégico de hacer expedita la ruta hacia África.

IV

El martes 12 de enero ocurrió el gran terremoto. Un cataclismo que provocó más de 170.000 muertos, 200.000 heridos y cerca de tres millones de damnificados. La tragedia, más allá de los grados de intensidad en la escala Ritcher, se ahonda por la pobreza extrema, la precariedad urbanísitca, la inexistencia de controles de sismoresitencia en las construcciones y por toda la informalidad y abandono que se han ensañado sobre el país más pobre del Hemisferio Occidental, agobiado por el SIDA, el analfabetismo, la deforestación y décadas de violencia, inestabilidad, regímenes de facto y por la ocupación directa o embozada del imperialismo y su inclemente saqueo a lo largo del siglo XX.

La sin igual tragedia ha servido también para dejar al descubierto, por enésima vez, la estrategia del imperialismo norteamericano bajo el premio Nobel de paz Barack Obama. Inmediatamente se conocieron las primeras noticias del cataclismo y como si supieran de su ocurrencia, los Estados Unidos iniciaron una minuciosa invasión militar a Haití y antes que ayuda en comida, agua, medicina o rescatistas, llevaron ostentosamente todo su aparato de guerra para tomar de primeros control absoluto sobre el país: desembarcaron más de 12.000 soldados con toda su parafernalia bélica y están en curso de desembarcar 8.000 más. Alrededor de 14 buques estadounidenses, entre ellos un portaviones y un portahelicópteros, y naves lanzamisiles controlan el tráfico en las aguas de Puerto Príncipe. Dos lanchas artilladas restringen la salida a cualquier embarcación pequeña tripulada por haitianos. Toda la carga transportada hacia Haití en los primeros cuatro días de la tragedia eran las armas, equipos de comunicaciones y demás artefactos logísticos para controlar efectivamente las aguas, el espacio aéreo, las comunicaciones y los principales sitios en tierra, antes que otras potencias o países tuvieran tiempo de hacer algo similar. De la noche a la mañana Haití, en medio de su tragedia se convirtió en teatro de la guerra estratégica de los Estados Unidos por controlar el mar Caribe.

Y para que no quedaran dudas al tercer día llegó la inefable Hillary Clinton, acompañada de la USAID anunciando a nombre del gobierno de Obama el establecimiento del fondo Clinton-Bush para la reconstrucción de Haití, ironía que es una afrenta, si se tiene en cuenta el papel de los dos expresidentes en la ruina y empobrecimiento de esta martirizada nación. La secretaria de Estado declaró falazmente que “Estados Unidos está ofreciendo toda su ayuda a Haití y a otros en la región. Pondremos a su disposición asistencia humanitaria y medios civiles y militares. Nuestras oraciones están con la gente que ha sufrido, sus familias y sus seres queridos", a la vez se quejó amargamente, por la críticas de algunos países a la masiva operación estadounidense, afirmando que "Me siento profundamente disgustada con quienes agreden a nuestro país, la generosidad de nuestro pueblo y el liderazgo de nuestro presidente cuando tratamos de responder a la catastrófica situación sin precedentes después del terremoto".

Es claro que a más de uno le cala la ocupación militar estadounidense de Haití. Los cálculos más optimistas para la reconstrucción apuntan al menos a diez años y aunque se habla de crear un Fondo de reconstrucción financiado por “Países amigos”, las sospechas sobre quién será el real beneficiario de todo esto se abaten desde ya: el presidente Preval, prisionero de hecho desde el golpe de 2004 se apresura a declarar ante la Conferencia de Donantes en Montreal, como si estuviera en condiciones de hacerlo cumplir, que “El país no cedería su soberanía durante el proceso de emergencia y reconstrucción”, el primer Ministro canadiense habla de “Invertir a largo plazo”, la propia Hillary Clinton anunciaba un acuerdo "sobre los principios clave que guiarán nuestro esfuerzo, incluyendo el papel dirigente del gobierno haitiano y una cooperación estrecha en el seno de la comunidad internacional" y el jefe de la diplomacia francesa, Bernard Kouchner, subrayó que la intervención internacional no tenía como objetivo "ocupar" Haití, declaraciones que suenan más a exordios íntimos para calmar su mutua desconfianza que a palabras sinceras cuando de buitres del capital financiero internacional se trata.

El epílogo de toda la farsa de la reconstrucción lo protagonizó, no podía faltar, el Mesías del Ubérrimo, cuando quiso ir en persona a Haití a exponer las bendiciones del Forec. Un acto calificado hasta por los periodistas más abyectos del régimen como vulgar lagartería politiquera y una sinrazón más de la demagogia uribista cuando en Armenia, azotada por violento terremoto hace más de diez años, hay todavía personas viviendo en los cambuches que entonces se instalaron como medida provisoria.

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